El secretario general de OEA y el canciller de la República Dominicana Andrés Navarro.

El secretario general de OEA y el canciller de la República Dominicana Andrés Navarro.

Si hay un país donde el secretario general de la OEA, Luis Almagro, no tenga admiradores es República Dominicana, por eso cuando sus obligaciones lo trajeron a estas tierras debió sentirse más incómodo que un hincha de fútbol con los colores de su equipo en mitad de la grada más ultra del campo rival.
Sin embargo, ha aprovechado para rebajar la tensión.   El lunes de esta semana llegó al país para participar en la Conferencia Mundial de la Asociación Mundial de Órganos Electorales (A-WEB, por sus siglas en ingles).
Fue su primera visita desde que, en mayo, asumiera el cargo a la cabeza de la Organización de Estados Americanos (OEA), tiempo suficiente para enfadar, y mucho, al pueblo dominicano por su actitud frente a la crisis migratoria con Haití.
No ayudaron sus declaraciones en una entrevista con CNN en Español- “Es una isla.
Generalmente cuando es una isla no hay dos países, hay un solo país aunque sea una isla grande como Australia. Esta es una isla pequeña con dos países, con realidades sociales muy diferentes, con realidades económicas muy diferentes, con realidades políticas muy diferentes”.
Diversos sectores de la sociedad dominicana vieron en esto graves prejuicios y manifestaron su falta de confianza en la imparcialidad del uruguayo Almagro, que envió una misión a ambos países el pasado julio con el fin de comprobar que se respetan los derechos humanos de los inmigrantes, después de ciertas acusaciones vertidas por las autoridades haitianas contra sus vecinos, en este foro panamericano.
Tampoco gustó en República Dominicana que la OEA se ofreciera a facilitar un diálogo con Haití por la crisis migratoria y que recomendara un encuentro bilateral para resolver la situación porque, según el Gobierno dominicano, “no existe un conflicto que amerite tal cosa”.
Así que la ofensa nunca se ha visto satisfecha para los dominicanos, que han defendido a capa y espada su buen hacer en lo que a regularización de extranjeros y repatriación de inmigrantes ilegales se refiere y, es probable, que Almagro haya sudado lo suyo pensando en cómo quitarse esta piedra que, tan inoportunamente, acabó en su calzado.
La ocasión estaba clara y la ha aprovechado. Cualquiera podía haber esperado algún abucheo cuando se dio paso a su intervención en el mencionado foro sobre órganos electorales, pero no, incluso recibió un aplauso; algo tibio, eso sí.
Sí logró arrancar encomiadas palmas a la concurrencia cuando mostró su rechazo por la autorización de la OEA a la intervención militar de Estados Unidos en el país en 1965.
“Es el momento de hacer un importante reconocimiento público”, dijo a modo introductorio, “deploro los actos de la organización interamericana que permitieron la intervención militar en este país (…) torciendo el camino soberano elegido por su pueblo”.
En abril de 1965, un grupo de oficiales de las Fuerzas Armadas dominicanas depuso al Gobierno de facto, en el poder desde 1963 tras un golpe de Estado contra Juan Bosch, y el entonces presidente estadounidense, Lyndon B. Johnson, ordenó el desembarco de 42.000 marines en el país para impedir la expansión de la revuelta, dejando entre 6.000 y 8.000 muertos, según distintas fuentes.
Desde luego, es un desagravio a los héroes de la revolución, pero no tiene nada que ver con el malestar actual de los dominicanos por la postura del organismo ante la cuestión migratoria que, incluso, ha llevado al diputado Vincio Castillo Semán a pedir que Almagro sea declarado persona non grata en el país.
El secretario general de la OEA debía encontrar la forma de congraciarse con este pueblo sin volver a la polémica migratoria y sin reconocer su error, y aprovechó el guante que lanzaba el domingo el presidente del Tribunal Constitucional dominicano, Milton Ray Guevara, que exigía una disculpa pública de la OEA por autorizar la invasión.
A pesar de su exigencia, Guevara recibió las palabras de Almagro con cierta displicencia, diciendo que llegaban tarde, aunque “más vale tarde que nunca”, y opinó que la institución “está moribunda” y carece de credibilidad dentro del sistema interamericano.
Más benevolente fue el ministro de Interior y Policía, José Ramón Fadul, que aseguró que “es una disculpa que acogemos” desde el Estado dominicano, y la consideró un “acto de reflexión”.   La misma actitud mostró el arzobispo de Santo Domingo, Monseñor Nicolás de Jesús López Rodríguez, que calificó este gesto como “un reconocimiento al país”.
En cualquier caso, no hay por qué desesperar, quizá dentro de 50 años alguien en la OEA meta la pata por algo y aproveche el momento para disculparse por lo que ahora, en 2015, los dominicanos consideran una injerencia en su soberanía.

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