Estados Unidos registró su primera muerte por COVID-19 el 29 de febrero de 2019, en la región de Seattle. Menos de un año después, superó el umbral simbólico del medio millón de muertes.

¿Por qué la primera potencia mundial, que ostenta el triste récord de la mayor cantidad de muertos por el virus, fue golpeada tan duramente? ¿Cuáles son las primeras lecciones que los expertos sacan de este año de pandemia?

Una pandemia que nadie esperaba, una respuesta desordenada del gobierno de Donald Trump, la politización del uso de la mascarilla…

Estas son algunas respuestas dadas por Joseph Masci, de 70 años, que ha combatido todas las enfermedades infecciosas desde el surgimiento del sida y hoy es uno de los responsables del hospital Elmhurst de Queens -en el centro de la pandemia en Nueva York-, y de Michele Halpern, especialista en enfermedades infecciosas para el grupo hospitaliario Montefiore, basado en New Rochelle, un suburbio neoyorquino donde la epidemia golpeó con fuerza hace un año.

Para el doctor Masci, hubo un elemento sorpresa.

Antes de la pandemia, Estados Unidos observaba los coronavirus “de lejos”, dijo. “Hubo casos de SRAS en Canadá, pero casi nada o muy poco en nuestro país, y nada de MERS (…) Hubo muchos preparativos contra el ébola en Estados Unidos, pero nunca llegó realmente aquí (…) Y súbitamente, Estados Unidos se encuentra en el epicentro del problema”.

Dijo que es difícil comparar la gestión estadounidense de la enfermedad a la de otros países. “Pienso que los pequeños países con servicios de salud estructurados estaban mejor preparados para reaccionar rápidamente. En un país como el nuestro, con 50 estados, una superficie inmensa, una red de hospitales ampliamente privada, iba a ser difícil reunir a todo el mundo en torno a la misma estrategia”.

La reacción “desordenada” del gobierno Trump no ayudó, en su opinión. “Que los hospitales compitieran para obtener equipos de protección no tenía ningún sentido. Tendrían que haber centralizado eso muy rápido, y no lo hicieron. Fue una batalla superar esos obstáculos”, señaló.

Tanto para él como para Michele Halpern, uno de los errores fue dejar que el uso de la mascarilla se tornase “una cuestión política”.

“Es únicamente una cuestión de salud pública” y “va a ser difícil reformular eso para los dirigentes a nivel nacional”, dijo Masci.

“Las personas no deberían reaccionar de manera tan fuerte (a la mascarilla) y verla como un límite a sus libertades”, sostuvo Halpern. “No es difícil llevar barbijo, te acostumbras. Pero es necesario hacer comprender a las personas que es importante”.

Para el doctor Masci, la primera lección es aprender a reconfigurar los hospitales para poder enfrentar un flujo súbito de pacientes.

“Participamos en ejercicios de preparación para catástrofes, hicimos muchos ejercicios, pero nunca habíamos hecho nada para simular esto, pasar repentinamente de 12 camas en cuidados intensivos a 150, con el personal y el equipamiento necesarios”.

Con el correr de los meses, el grupo de hospitales públicos que Elmhurst integra “halló estrategias para repartir el fardo entre los 11 hospitales públicos neoyorquinos. Como si en vez de tener un hospital con 500 camas, tuviésemos ahora 11 hospitales con 5.000, y eso funciona bien”, dijo.

De manera más general, señaló Halpern, “debemos darnos cuenta de que los hospitales precisan recursos (…) Hay que invertir en la investigación, pero también en los hospitales, los hogares de ancianos. Hay que tener personal suficiente, y que tengan los equipos que precisan (…) Los dirigentes deben estar a la escucha de las necesidades del personal”.

La epidemia dejó también al descubierto las desigualdades en términos de salud en Estados Unidos, sobre todo los problemas de vivienda para las minorías negra y latina, con muchas personas compartiendo pequeños espacios, subrayó Masci. Es imperativo ver “cómo la vivienda puede ser adaptada frente a futuras epidemias, porque habrá otras”, dijo.

A pesar de la aceleración de la campaña de vacunación, los expertos son prudentes a raíz de las incertidumbres que rodean las variantes sudafricana y británica del virus.

Si no se convierten en “un enorme problema”, y llegamos a un 70% a 80% de la población vacunada, “hay buenas chances de que no usaremos más mascarillas”, dijo Masci. Pero si las variantes se instalan, “es mucho más difícil decir que habremos dejado atrás el problema” en diciembre.

“Es alentador ver que la segunda ola fue relativamente controlada, al menos en Nueva York”, dijo Halpern. “Espero que las vacunas sean eficaces, pero es difícil estar seguro de que lo serán a largo plazo o sobre las nuevas variantes. Hay que prepararse para que esto dure un tiempo”.

A largo plazo, dijo Masci, “no hay que caer en el engaño del olvido” y dejar de pensar en la pandemia una vez que ya pasó.

“Es perturbador pensar que todo esto llegó sin advertencia. Tantas cosas de primera necesidad fueron sacudidas (…) Es necesario realmente que tengamos un sistema mundial de detección de patógenos, porque vivimos en una época en la que ya no podemos decir ‘hay algo que pasa en Asia que no afectará a Estados Unidos’”.

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