La experiencia diplomática y de construcción de la paz de Bernardo Arévalo lo cualifican sobradamente para dirigir Guatemala como el próximo presidente de un país sumido en el conflicto, según dicen quienes lo conocen. Pero antes tendrá que superar las fuerzas que podrían impedirle asumir el poder.

Los guatemaltecos eligieron a Arévalo por una abrumadora mayoría el domingo, pero su rival, la ex primera dama Sandra Torres, no ha reconocido su derrota ni se ha pronunciado al respecto. Los resultados de los comicios no han sido certificados, un paso legal necesario para que Arévalo se convierta en presidente.

Y no es el único problema: la fiscalía sigue investigando el registro de su partido, el Movimiento Semilla, y en su día ya pidió su suspensión a un juez. Y en el caso de que llegue a la presidencia, los poderes fácticos podrían ponerle trabas cuando asuma las riendas del país en cinco meses.

Arévalo y quienes lo conocen dice que quiere unir a la nación. Su objetivo de erradicar la corrupción le ha granjeado enemigos entre la élite política y económica.

El político, de 64 años e hijo del expresidente Juan José Arévalo, nació en Uruguay, dónde su padre se exilió tras el derrocamiento en 1954, en un golpe de Estado respaldado por la CIA, de su sucesor, el presidente Jacobo Árbenz, a quien Estados Unidos consideraba una amenaza durante la Guerra Fría.

Regresó a Guatemala cuando era adolescente y volvió a marcharse para continuar sus estudios en el extranjero. Arévalo hizo entonces lo que pocos hijos de familias pudientes del país hacen hoy en día: regresó. El país sufre una continua fuga de cerebros, no solo de los cientos de miles de migrantes que se han ido de forma ilegal a Estados Unidos en los últimos años, sino también entre los mejor preparados, que estudian fuera y nunca vuelven.

Arévalo estudió sociología y antropología en Israel y Holanda, fungió como embajador de Guatemala en España y, durante años, trabajó en Ginebra para la organización no gubernamental Interpeace.

Allí tuvo varias funciones, pero entre sus contribuciones está ser pionero en la labor de consolidación de la paz de la organización en Centroamérica.

Interpeace comenzó como un programa piloto de Naciones Unidas y uno de sus primeros proyectos fue Guatemala. La nación estaba saliendo de un conflicto interno de 36 años y el objetivo era respaldar a la sociedad guatemalteca.

Torres trató de presentar los años que Arévalo pasó en el extranjero como una desventaja. En su único debate, se refirió a él repetidamente como “diputado uruguayo”.

Renée Lariviere, que ahora es directora de programas de Interpeace, trabajó estrechamente con Arévalo durante años en la resolución de conflictos en todo el mundo. Indicó que el enfoque del político de colaboración, buscando las aportaciones de diversos sectores de la sociedad guatemalteca en lugar de tratar de imponer un plan integral desde fuera.

“Se trataba realmente de poner a los guatemaltecos por delante en sus esfuerzos para ayudar a facilitar un proceso de búsqueda de soluciones, lo que tiene sentido para su país”, apuntó Lariviere, que describió a Arévalo como humilde, sabio e íntegro.

Aún recuerda que hace unos ocho años le dijo que estaba considerando volver a Guatemala. Había ganado experiencia en todo el mundo y aprendido mucho.

“Y ahora siento que el momento de devolver, de regresar a mis raíces”, recordó Lariviere acerca de aquella conversación. Se trasladó a la antigua casa de su padre, a apenas unas cuadras de las oficinas presidenciales.

“No hay muchas esperanzas en cuento a los nuevos estilos de liderazgo que están apareciendo en el mundo, no solo en la región, y creo que él realmente creyó que podría marchar la diferencia”, añadió.

En los dos meses que transcurrieron entre la primera vuelta de las elecciones en junio y el balotaje del domingo, Torres presentó a Arévalo como un radical de izquierdas, un comunista que quería establecer un régimen autoritario como los de Venezuela o Nicaragua.

Pero en sus escritos — docenas de artículos académicos y libros — Arévalo parece más un experto en política que un radical.

Varias semanas antes de la segunda vuelta, fue la estrella de la Feria del Libro de Guatemala. Las copias de lo que que había sido su tesis doctoral publicada como libro — “Estado violento y ejército político: formación estatal y función militar en Guatemala (1524-1963)” (“Violent State and Political Army: State Formation and Military Function in Guatemala (1524-1963)” — se agotaron y pasó casi seis horas firmando autógrafos.

El diagnóstico que hizo en 2008 de los problemas que siguen azotando a Guatemala hoy en día fue revelador y se enmarcó en el contexto del conflicto interno de la nación.

“La cultura política de los guatemaltecos atraviesa un proceso de cambio, pero aún está permeada por percepciones y nociones forjadas en una sociedad sometida desde sus orígenes prehispánicos a formas de gobierno autoritarias”, escribió en un artículo publicado entonces en la revista latinoamericana de ciencias sociales Nueva Sociedad. “En este marco, aún hoy prevalece una noción autoritaria de la seguridad, que concibe la solución al problema exclusivamente desde el ángulo de la represión.”

Edmond Mulet, que se presentó a la primera vuelta de las presidenciales como candidato del partido conservador Cabal, considera a Arévalo un amigo. Apuntó que la caracterización que hizo Torres de su rival era absurda y que el político es un moderado con detes de mediador.

“Querrá unir al pueblo”, dijo Mulet.

En una entrevista con The Associated Press en junio, poco después de que pareciese que había logrado meterse en el balotaje, Arévalo indicó que el Movimiento Semilla estaba tratando de reconstruir la esperanza de los guatemaltecos. La corrupción había alimentado el cinismo, la desesperación y el agotamiento hasta el punto de que la gente no quería implicarse en política.

Su llamado a la población fue: “Tenemos que dar un paso adelante y recuperar esa esperanza, porque si no es así, no vamos a poder salir de esta situación”.

Permitiéndose mirar al futuro por un momento, Arévalo dijo que “como gobierno, tenemos cuatro años para poder sentar los cimientos de un cambio, pero el cambio en nuestro país va a tomar muchísimo más tiempo”.

Lariviere señaló que mantuvo un estrecho contacto con él en los días previos a la segunda ronda y que parecía confiado en su campaña, pero con dudas acerca del resultado.

“Pensé que podría llegar al balotaje porque ya basta”, dijo que le contó. “Pero probablemente no vaya a ganar. Estoy siendo realista”.

“Es el tipo de líder que el mundo necesita hoy en día”, manifestó Lariviere.

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