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Los seres humanos necesitamos sentir que tenemos el control de las cosas desde muy pequeños. Es una necesidad de nuestra condición humana para garantizar nuestra supervivencia. Sin embargo, cuando esta necesidad se combina con situaciones dolorosas de nuestra infancia, puede convertirse en un rasgo de personalidad que nos impide disfrutar la vida como se presenta y vivir relaciones plenas, recíprocas y satisfactorias.

La persona controladora, aunque no lo identifique o lo reconozca, sufre mucho porque detrás de su personalidad se esconde un gran miedo y ansiedad a que las cosas, el entorno o las personas no sean como necesita, quiere o espera. Cualquier sorpresa, algo inesperado como un cambio de planes, puede ser vivido como una gran catástrofe.

Este tipo de personas posee una dificultad genuina para relacionarse. La mayoría de las veces sus relaciones son de dominio y no de igualdad. Se le hace difícil conectar con las necesidades o emociones del otro.

Sus mayores conflictos son que el otro no haga lo que él o ella entiende pues está convencido o convencida de que solamente hay una única vía de hacer las cosas, la suya por supuesto.

Se posicionan por encima de los demás, pues están convencidos de que ellos saben hacer mejor las cosas que los demás. Esta arrogancia, producto de una baja autoestima (aunque no lo parezca) anula a los demás, dejándoles claro “ustedes no saben, yo sí sé”, por lo que la mayoría de las veces se llevan de encuentro a las otras personas y sus relaciones, sobre todo las más cercanas se ven afectadas.

Como suelen ocuparse de muchas cosas, a veces de manera simultánea, su vida es muy agotadora y suelen vivir con poca serenidad.

Las personas controladoras necesitan rendirse porque solamente así podrán encontrar la paz, ellos y las personas de su alrededor. El control hasta ahora les había dado una falsa ilusión de encontrar seguridad, pero lo cierto es que en ese controlar excesivo encuentran más soledad e insatisfacción, pues son incapaces de aceptar las cosas o las personas como son.

El primer paso para recuperarse de esta conducta tan dañina, tanto para la persona que controla como para el que vive cerca de ella, es aceptar que se están haciendo daño a ellos y a los demás, y que existe un camino que puede enseñarles a confiar.

Ya sea acompañados de alguien, o por nuestra cuenta, este camino será siempre el del viaje interior.

La autora, Isabella Paz, es pedagoga terapeuta, especializada en práctica psicomotriz Aucouturier, y directora de @felices jugando

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