Muchas películas causaron revuelo en el momento de su realización. Pero hay un grupo de títulos que se destacan del resto, filmes cuyo impacto fue tan grande que nadie se olvida del escándalo. El imperio de los sentidos (1976) de Nagisa Ôshima es uno de ellos. Los caminos de la censura no son lineales ni coherentes. Muchas producciones prohibidas en su momento se ven hoy en televisión abierta sin cortes. Ni hablar de la libertad que puede dar el streaming y la circulación de filmes en Internet.

Nadie debe cantar victoria, porque nuevas formas de perseguir aparecen año tras año. Pero El imperio de los sentidos es un verdadero clásico del cine prohibido, lo que es malo para su exhibición, pero bueno para destacarla de muchos títulos falsamente escandalosos.

Ôshima sabía lo que hacía al contar esta historia basada en hechos reales y ambientada en Japón en la década del 30. El director pertenecía a una nueva ola del cine japonés que venía a reemplazar al Olimpo de los clásicos de ese país. Mikio Naruse, Kenji Mizoguchi, Yasujiro Ozu y -el un poco más joven- Akira Kurosawa habían puesto a Japón en el mapa del cine mundial en la posguerra, pero la rebeldía que afloraba en el mundo llegó hasta Oriente y Ôshima fue un gran representante de esos cambios. El imperio de los sentidos es una obra muy provocadora, pero auténticamente personal. Lo supiera o no, el director lograría aquí su película más famosa.

Según Infobae, la historia de dos amantes que no pueden controlar su deseo sexual y caen en un laberinto de pasiones está contada por el realizador con particular crudeza y osadía, incluyendo escenas de sexo explícito que eran un tabú absoluto en aquella época y aun hoy son motivo de polémica en diferentes países. No fue el primer director fuera del cine condicionado en mostrar genitales masculinos, sexo oral y erecciones en cámara, pero sí el primero en combinarlos dentro de una película de autor considerada seria, lo que se solía llamarse cine de arte y ensayo.

Como sabía que la película jamás sería autorizada en su país, Ôshima hizo una coproducción con Francia y fue allí donde la editó. Demostró ser una sabia decisión, ya que nunca, ni aun hoy, la película se exhibiría en Japón. Aunque hubo cambios en ese país, mostrar la genitalidad no está permitido.

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