Ubicado en el noreste del océano Pacífico y descubierto en 1997, se extiende sobre 3,4 millones de Km2, casi seis veces la superficie de Francia.

Lo forman desechos de todo tipo, productos de la actividad humana y de micro partículas de plástico. En los últimos 40 años, su concentración se multiplicó por 100.

Aunque esté a la deriva, este continente está atrapado por corrientes. Los residuos en la superficie se aglutinan en una suerte de espiral inmensa en el Pacífico norte. Se acumulan en esa zona, punto de encuentro de corrientes oceánicas que se enrollan bajo el efecto de la rotación de la Tierra, entre las costas de Hawái y Norteamérica.

Además existen otros 4 vórtices marinos en los que se concentran millones de toneladas de basura que contamina los océanos.

No emergen mucho pero tienen a veces varias decenas de metros de profundidad; estas masas de desechos terrestres tienen consecuencias ecológicas insospechadas.

Los mamíferos, tortugas y aves confunden los restos con plancton y al ingerirlos su sistema digestivo queda obstruido. Pero en el Pacífico norte, esa masa de desechos constituye un entorno propicio para que se reproduzca una araña de agua, la halobates. Este insecto en plena proliferación, hoy amenaza con afectar el conjunto del ecosistema. El mar Mediterráneo tiene una de las densidades de plástico más importantes del mundo, con 250.000 millones de microplásticos. Debido a que es un mar semicerrado se necesitan 90 años para renovar por completo sus aguas, mientras que el plástico tarda 100 años en descomponerse.

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