Los intentos del gobierno del nuevo presidente de Estados Unidos, Joe Biden, para tratar de rescatar el acuerdo nuclear con Irán se han topado con cierta indiferencia por parte del régimen iraní. Si bien era poco probable que haya avances dramáticos en apenas un mes, la línea dura asumida por Teherán presagia un camino difícil por delante.

El gobierno de Biden ofreció varios gestos conciliatorios hacia Irán en sus primeras semanas, pero a cambio ha recibido una actitud que raya en lo hostil. Los iraníes de plano rechazaron la propuesta inicial de Biden, de que Estados Unidos regresaría al acuerdo si Irán se comprometía a acatar cabalmente las condiciones estipuladas en él.

Irán se perfila como un importante desafío para la nueva estrategia de política exterior del gobierno de Biden, más afín a las alianzas internacionales y la diplomacia multilateral que la actitud aislacionista de su predecesor Donald Trump.

Si bien hay otros desafíos en el horizonte —Rusia, China, Corea del Norte, entre otros—, Irán tiene significado particular para el nuevo equipo de política exterior de Washington. Entre ellos está el secretario de Estado Antony Blinken, el asesor de seguridad nacional Jake Sullivan y el enviado especial para asuntos iraníes Rob Malley. Todos fueron artífices del acuerdo nuclear forjado con Irán en el 2015, bajo la presidencia de Barack Obama, y probablemente están particularmente interesados en rescatarlo.

Biden asumió el cargo prometiendo regresar al acuerdo según el cual Irán recibiría alivio de las sanciones económicas internacionales a cambio de límites a su programa nuclear. Tan solo la semana pasada, Biden tomó tres pasos en esa dirección: accedió a volver a las negociaciones multinacionales con Irán, revocando la declaración de Trump de que todas las sanciones de la ONU hacia Irán deben ser restauradas y aliviando las restricciones de viajes sobre diplomáticos iraníes asignados a las Naciones Unidas.

Aun así, Irán ha insistido en que no hará una sola concesión hasta que se levanten totalmente todas las sanciones reimpuestas bajo la administración Trump. El fin de semana pasado, Irán cumplió su amenaza de suspender su adherencia al acuerdo de la ONU que permite inspecciones intrusivas de sus sitios nucleares declarados. Si bien Irán no llegó a expulsar a los inspectores, redujo la cooperación y con ellos y prometió reevaluar el tema en tres meses si las sanciones no son levantadas.

La dura postura iraní ha dejado al gobierno de Biden en una disyuntiva: levantar las sanciones antes de que Irán acate cabalmente con el acuerdo y perder así la ventaja, o insistir en que Irán obedezca el acuerdo totalmente y correr el riesgo de Teherán abandone el proceso.

Es un equilibrio delicado, aunque el gobierno es renuente a admitirlo debido a la sensibilidad política del tema iraní en Washington: los republicanos se oponen tajantemente el acuerdo. También es delicado en Europa y en Medio Oriente, donde Israel y los estados árabes del Golfo Pérsico son los más amenazados por Irán.

El lunes, el secretario de Estado Antony Blinken ratificó que Estados Unidos está dispuesto a regresar al acuerdo siempre y cuando Irán se comprometa a un “estricto acatamiento”. En una conferencia sobre desarme en Ginebra, Blinken afirmó que Estados Unidos está comprometido a asegurar que Irán nunca posea un arma nuclear y prometió trabajar con los aliados para “extender y fortalecer” el arreglo firmado por Irán con Alemania, Francia, Gran Bretaña, China y Estados Unidos.

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