Proteger a un hijo es algo innato que sucede desde el primer momento que nace, sin embargo, a veces nos excedemos en cubrir sus necesidades y en nuestra función de ser padres y es cuando se llega a la sobreprotección. Hoy en día, la sobreprotección es uno de los estilos educativos que utilizan los padres más frecuentemente, pero eso no significa que sea la mejor forma de actuar ni que traiga unas consecuencias positivas para el desarrollo de tu hijo. Isabella Paz, pedagoga terapeuta, especializada en práctica psicomotriz Aucouturier, y directora de @felices jugando, analiza este estilo de crianza y explica por qué puede tener un efecto muy negativo en el desarrollo del niño.

Se ha descrito a esta nueva generación de niños como la “generación de cristal” porque han sido demasiado protegidos por sus padres, ¿cómo ha ocurrido esto?
Se llama “generación de cristal” a esa generación de niños frágiles que han sido demasiado protegidos por sus padres y madres, y ahora mismo estamos viendo la evolución de la cultura humana que llega a los extremos. Venimos de una parentalidad súper autoritaria, donde el niño no tenía voz, con un enfoque parental totalmente centrado en el adulto, en el que el niño se adaptaba a lo que el adulto entendía que debía ajustarse. Pero de ahí hemos pasado a un momento de la vida donde pensamos que si ponemos límites a los niños van a sufrir frustración o tener baja autoestima, y el resultado es precisamente es todo lo contrario. La sobreprotección de padre y madre tiene nefastas secuelas en el desarrollo de los niños; primero porque los padres se adelantan a los deseos del niño, quien ni siquiera puede desarrollar la capacidad de iniciativa porque los padres se adelantan a lo que quiere; por otro lado, el niño no se conoce, se convierte en una extensión de papá y mamá, quienes, lejos de permitir que se desarrollen plenamente en lo que hacen, inhiben su desarrollo. Los niños aprenden explorando, con ensayo y error, se autoconocen con sus capacidades y si no pueden ejercer su capacidad porque papá o mamá las inhiben por temor, ese conocimiento de sí mismos no va a suceder, y será un niño limitado, inhibido, inseguro, con miedos y anulado. Los padres que sobreprotegen, lamentablemente anulan.

¿A qué se debe esta sobreprotección?
Pienso que tiene que ver con la evolución, aunque también hay muchas enseñanzas de crianza que abogan por criar con empatía, pero cuando papá y mamá tienen una historia de vida difícil, a veces en vez de criar con empatía, crían desde sus propias heridas de la infancia. Creo que nuestra parentalidad está muy condicionada a nuestra historia emocional infantil, a cómo vivimos la autoridad, a cómo nos la modelaron y enseñaron; en este sentido hay muchos padres y madres que viven la autoridad como maltrato; si vienen de una autoridad muy autoritaria, lo que quieren es darles todo lo que no tuvieron, o para ellos los límites significan maltrato, porque sus padres no los supieron poner adecuadamente. Con el descubrimiento de las neurociencias y los nuevos tipos de crianza, sabemos que la empatía y el afecto es necesario para que el cerebro de un niño crezca saludablemente y tenga una buena base de salud mental. Sin embargo, nos peleamos con la frustración y con el no, ¿porqué sucede eso? Es una razón evolutiva, venimos de una educación opresora y buscamos lo opuesto.

¿De dónde viene la sobreprotección?
Muchas veces nuestras propias heridas, nuestra propia historia emocional hace que queramos controlar el entorno. Tenemos hijos y queremos controlarlos, y el control es una falsa ilusión, tenemos la falsa ilusión de que controlamos. Queremos evitar que nuestros hijos sufran, y a veces nos metemos demasiado, nos sobrevinculamos, nos adelantamos a sus deseos, los atiborramos de cosas y no les dejamos desear, experimentar, fallar, retrasar la demora, la espera, la gratificación inmediata, o sea, no hay tolerancia a la frustración. Además hay otro factor: estamos criando con pantallas y eso también fragiliza; las pantallas tienen su momento y su edad; y desde luego no es en la pequeña infancia porque los niños, para criarse emocionalmente sanos, necesitan otro adulto que los oriente, los guíe, les explique, los acompañe, no que haga por ellos ni les esté dando una pantalla mientras está haciendo otra cosa, y este es un fenómeno de la fragilidad que están teniendo los niños hoy día.

¿Como se manifiesta esta fragilidad emocional?
De diferentes formas, desde llantos, agresividad, tiran cosas, inhibición y, sobre todo, la consecuencia más grande de la sobreprotección: la inseguridad. Importante saber que así el niño no se conoce, es como si yo fuera un objeto. ¿Quién soy yo si en mi extensión están los deseos de mi mamá y papá. También eso me fragiliza, porque cuando voy a la relación con mis iguales me pierdo, o no sé cómo relacionarme, no sé cómo decir que no, o me convierto en una complaciente empedernida porque no me conozco, creando dependencia. El mensaje claro de la sobreprotección es “sin mí tú no eres capaz”. Ya partimos mal, de una base donde la confianza no está puesta en el niño, y además el mensaje que le damos es que el entorno es hostil, hay que desconfiar; el niño necesita vivir seguridad, y un padre sobreprotector no le da seguridad. Un niño necesita vivir con autonomía, es decir, con capacidad de iniciativa, de anhelar, de esperar; pero si llegan mamá y papá y se lo hacen, esa progresión se pierde, por eso es muy importante permitirles experimentar por ellos mismos. La pandemia ha sido un gran problema, en el sentido de que nos ha dado una amenaza real, y detrás del control hay una amenaza, con lo cual con la pandemia ha aumentado la ansiedad y el control, y no hay peor peste que el control; el control inhabilita al otro, le dice al otro yo estoy bien, tu estás mal, lo fragiliza y lo pone por debajo de ti; y nada de eso es tierra fértil para abonar la salud mental ni un cerebro sano. Y cuando el peligro es real aumentan las alertas de mamá y papá para sobreproteger. Y esto es lo que ha pasado realmente con muchos niños durante la pandemia, que los padres los aislaron de todo, sin desarrollo social o emocional. Creo que la pandemia empeoró para los padres que ya eran sobreprotectores, lo cual trae angustia, ansiedad y va impregando en el cerebro del niño.

¿De dónde crees que viene esa ‘leyenda urbana’ de que no hay que decirles ‘no’ a los niños porque se podrían traumatizar?
Yo pienso que a los padres nos han bombardeado de teorías de psicología en la calle. Antes, por tradición, médicos, educadores, nos decían cómo debíamos vivir la parentalidad y eso también nos fragilizaba como padres porque perdíamos la intuición de mamá o papá, ya que estas teorías nos dan inseguridad. Por otro lado, vuelvo a la historia afectiva del padre que está educando y que condiciona, porque cuando tenemos hijos, muchos de nosotros nos proyectamos en ellos, no queremos que nuestros hijos vivan lo que vivimos, y si a mí me decían mucho que no, yo voy a creer que no debo decir que no; si tuve muchas carencias voy a querer dar mucha abundancia, es como un mecanismo de compensación. Definitivamente las nuevas formas de criar ponen mucho el acento en la no violencia, y tiene que ser así, pero quizás estamos olvidándonos del no, de los límites y de la capacidad de frustración, pero no de maldad, no a propósito; yo te recomiendo: anticipa las cosas con el niño y no temas a su reacciones, si tienes que decirle que no hazlo, porque sino estamos fragilizados como papá y mamá. ¿Y porqué estamos fragilizados? La forma en que estamos viviendo es adicta al escape, al placer, no queremos sufrir, queremos evitar todo dolor, algo natural, pero eso se ha convertido en una obsesión como si siempre quisiéramos vivir en modo placer, y para vivir la fiesta en paz prefiero darle el yogur, el juguete, o me vence por cansancio… También pasa que hoy en día estamos muy desconectados, nuestra mirada está muy puesta en nuestros propios proyectos y si hay algo que debemos saber es que cuando nos convertimos en mamá y papá ese es nuestro trabajo, y debería ser el único trabajo; generalmente es el rol de la madre, pero como está tan desprestigiada la maternidad, porque no queremos quedarnos en casa como mamá con los hijos, o queremos sobresalir con prestigio en lo laboral, pero, ¿sabes qué? Para mí la maternidad los primeros años de vida debería ser pagada porque es un trabajo y en ese sentido también delegamos nuestra maternidad.

¿Qué pueden hacer los padres para mantener un balance entre proteger a sus hijos y permitir que sean más independientes?
Pregúntate mejor ¿qué te pasaría a ti si tu hijo es independiente? Porque las mamas prolongamos a veces mucho esa infancia, sobre todo las latinas, porque infantilizamos mucho, y nos convertimos en facilitadores, complacientes, por ese mismo deseo de que no sufran y quizás por un deseo de ser necesitados; es como si por el hecho de que no fuéramos necesitados no tuviéramos un sentido de vida. Es muy importante ser padres o madres conscientes, tomar conciencia del niño que fui, de los padres que tuve, del sistema familiar del que vengo, para lo que no me funcionó no repetirlo, pero tengo que hacer conciencia.

Dame tres consejos prácticos para conseguirlo.
Primero, mira para adentro. Revisa tu historia porque tu historia completa, en diferentes etapas de tu vida, va a funcionar. Segundo, permite que experimente el error, permite que se caiga, no tengas miedo al sufrimiento. Y tercero, tú no eres ellos. Recuerda que, como decía el escritor Khalil Gibran: “tus hijos no son tus hijos, son hijos e hijas de la vida, deseosa de sí misma, no vienen de ti, sino a través de ti, y aunque estén contigo no te pertenecen. Puedes darles tu amor pero no tus pensamientos, porque ellos tienen sus propios pensamientos”. Lo sano es que un hijo se separe y sea rebelde, porque está buscando su identidad, ser quien es.

¿Este tipo de sobreprotección pasará factura a largo plazo?
Claro, porque limita a los niños sus experiencias, aprendizajes, lo inseguriza, baja su autoestima, no tolera el fracaso, son dependientes, no se conocen a sí mismos, al no tolerar la frustración se pueden volver agresivos o son capaces de no sociabilizar, son inhibidos… Y algo muy importante, el padre o madre facilitador no enseña a su hijo responsabilidad. Porque al final, ¿qué es educar? Llevar al niño a convertirse en un ser autónomo, independiente, capaz de regularse a nivel emocional, capaz de aportar y socializar, internalizando las normas, sintiendo confianza en sí mismo y nada de eso lo da la protección.

¿Qué consejos darías a unos padres primerizos para que eduquen bien a su hijo y, sobre todo, qué les dirías que no hicieran bajo ningún concepto?
Hay que mirar para adentro cuál es mi historia, tomar conciencia de las cosas buenas que tuvo mi mamá, las cosas malas, cómo yo me sentía y luego educarme. ¿Qué necesita un niño para ser feliz? Necesita estructura y límites, porque le dicen lo que puede hacer o no, la estructura dada con afecto y amor los organiza, les contiene las pulsiones e impulsos, el afecto ayuda al niño a regularse. Ahora, ¿cómo damos el afecto? Algunos padres sobreprotectores creen que el afecto es controlar, pero no hay nada peor que el control, el control no es amor, el amor es permitir que seas esa persona que viniste a ser en el mundo, no la que yo entiendo que debes ser para mi propio bienestar, mi propia tranquilidad: yo no quiero que te subas al columpio porque así sé que no te va a pasar nada y yo podré seguir hablando tranquila… o no tengo que agobiarme. Se trata de revisar continuamente mis motivaciones, porque mis motivaciones ocultas son el peor enemigo para mi maternidad y paternidad.

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