El 6 de octubre, como concierto extraordinario y fuera de abono, a la Orquesta Sinfónica Nacional se unirán músicos de la legendaria Filarmónica de Berlín para ofrecernos una noche donde reinará de manera absoluta la música de Ludwig Van Beethoven, con dos de sus obras más emblemáticas. La orquesta y los músicos invitados estarán dirigidos por el titular de la Orquesta Nacional Maestro José Antonio Molina. Una noche que será extraordinaria.

Se abrirá con el Concierto para Violín de Beethoven en re mayor, Op. 61. Aquí el solista no solo tiene que ser un gran intérprete sino también un gran ser humano. Compuesto en 1806 por encargo de Franz Clement, concertino y director de la Ópera de Viena, fue estrenado por el propio Clement, pero no obtuvo el mejor de los recibimientos por parte del público. A esta obra le toma una generación, o más, su florecimiento; su aceptación vino de la mano del violinista Josep Joachim, de doce años, en Londres en 1844, con Félix Mendelsson al frente de la orquesta. A partir de entonces, el concierto se convirtió en una obra habitual de repertorio. Actualmente se puede considerar el mejor de todos los conciertos para violín jamás escrito, la obra cumbre del género. Exige del intérprete un legato impecable y la capacidad de transmitir un sentimiento profundamente espiritual en los dos primeros movimientos. El final, como tantas veces con Beethoven, es genial. El concierto esta dividido en tres movimientos:

I. Allegro ma non troppo: Cuatro golpes suaves del timpani preceden a la introducción de la orquesta. La entrada del solista se hace esperar, permitiendo alcanzar una solemne grandiosidad. Concluye con una “cadenza” de vibrante virtuosismo. Al Beethoven no dejar cadencias escritas, cada gran solista desde Joachim ha compuesto su propio conjunto. La que más habitualmente suele utilizarse es la escrita por el violinista y compositor Fritz Kreisler, extraordinaria

II. Larghetto: Este movimiento podría emparentarse con las famosísimas romanzas para violín y orquesta. La atmósfera apacible da como resultado un conjunto reflexivo y ensoñador, maravillosamente acorde a la contrastante vivacidad del siguiente movimiento.

III. Rondo (Allegro): Verdadera explosión de júbilo, un estallido de energía como pocas en la producción de Beethoven. El violín inicia con un vivaz tema. La obra redondea con un toque ligero bastante contrario a la imagen de un compositor hosco y tormentoso que a menudo tomamos como la verdadera imagen.

La encargada de deleitarnos con el concierto, la solista, será Anna Mehlin, hija de violinistas, quien desde muy temprano sintió una estrecha conexión emocional con el violín; para ella, siempre tenía algo relajante y reconfortante.

Estudió en la Liszt School of Music, Weimar, y en la Academia de Música Hanns Eisler, de Berlín. Ganadora de importantes becas y concursos, en 2015 se unió a la Academia de Orquesta de la Filarmónica de Berlín. En 2016 audicionó con éxito para un puesto en la segunda sección de violines, que asumió en enero de 2017.

Luego del intermedio escucharemos la Sinfonía No. 3 “Eroica”. Hasta ese momento, Beethoven se había limitado a enriquecer las formas clasicistas de Haydn y Mozart, enriqueciéndolas con su propio sentimiento. Pero la racionalidad del clasicismo de esa época no era capaz de contener el maremagnum de sentimientos beethovenianos. Ampliando la tonalidad y emplazando a cada instrumento dentro de su sección como parte indispensable de un todo orgánico, Beethoven sella sus obras con personalidad propia, a través de la cual pudo expresar estados de ánimos nunca antes reflejados en la música. Su portentoso desarrollo de las formas y la originalidad absoluta de su lenguaje lo convierten en una figura sin precedentes. Bach y Haendel eran barrocos, Mozart y Haydn clasicistas, pero Beethoven es por sí solo toda una época, un movimiento y una forma de sentir la música al margen del devenir histórico. Es por ello que su música es atemporal, siendo su única influencia la propia inspiración del autor. En la Sinfonía Nº 3, Beethoven quiso plasmar los vientos de libertad que recorrían Europa, esparciendo los ideales de la Revolución Francesa, encarnados en Bonaparte. Beethoven consideraba que esa misma libertad era la que ahora impregnaba su obra. Cuando Napoleón demostró no ser sino un autócrata más, tachó con furia el nombre de Bonaparte de la partitura de la sinfonía que le había dedicado.

Aunque las reacciones de una gran parte de la crítica de entonces fueron adversas a su nuevo estilo, Beethoven se convirtió en un compositor muy popular entre las masas, que veían algo nuevo e irresistible en su música, convertido en el estandarte del incipiente romanticismo,

El estreno de la Eroica tuvo lugar en 1804 y en ese momento Beethoven entrará en una vorágine de obras maestras sin altibajos, cada una de las cuales resulta más audaz que la anterior y en las que convulsiona todos los géneros. No falten, es una cita ineludible, una experiencia sensacional.

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