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Postergado pero con vida otra vez en los caminos franceses, la edición más extraña del Tour de Francia arrancó el sábado en una burbuja de protocolos contra el COVID-19 para tratar de mantener a los 176 ciclistas libres de la enfermedad en las tres semanas que dura el evento.

Sólo después de que los ciclistas se quitaron las mascarillas y pedalearon desde la línea de salida en la ciudad de Niza, y mientras una banda tocaba “La Marsellesa”, el Tour empezó a parecerse a su antigua versión previa al COVID-19, generando emociones de manera inmediata mientras las tormentas provocaron que los caminos fueran resbaladizos como el hielo.

Pero con los fanáticos manteniendo una sana distancia, y con algunos que siguieron las recomendaciones del gobierno de quedarse en casa y ver la carrera por televisión, el Tour perdió gran parte de su atmósfera festiva.

Hubo poco de la habitual convivencia entre atletas y su público que hacía que la venerable carrera de 117 años de antigüedad fuera única entre otros eventos deportivos en tiempos más despreocupados.

El ciclista noruego Alexander Kristoff pasó frente a pequeñas multitudes en la recta final de Niza que habitualmente habría estado llena de espectadores y conquistó la primera etapa del Tour. Celebró chocando el puño con un compañero.

Ganar la primera etapa le dio a Kristoff el maillot amarillo, que portará como el líder de la carrera en la segunda etapa el domingo que recorre las montañas detrás de Niza. Generalmente, un oficial de carrera o una persona importante le habría ayudado a ponerse la icónica camiseta, una de las más codiciadas y reconocidas en los deportes. Pero no este año, con el distanciamiento social como prioridad.

Kristoff estaba solo de pie en el podio del ganador, acompañado por un anfitrión y una anfitriona, quienes se colocaron a una sana distancia. Luego desapareció entre bastidores para ponerse el maillot, para después salir y posar para los fotógrafos. Sin embargo, la emoción de vestir la camiseta por primera ocasión en sus ocho apariciones en el Tour compensó la rareza.

“Es un sentimiento increíble”, comentó a los reporteros en la meta. “Significa mucho para mi carrera y una victoria de etapa muestra que todavía puedo estar aquí incluso a los 33 años y con cuatro hijos”.

Mientras los casos de coronavirus aumentan constantemente en toda Francia, el Tour no tiene garantías de que pueda culminar la carrera en París el 20 de septiembre. Los ciclistas serán revisados a diario y se someterán a pruebas de coronavirus durante la carrera y pueden ser expulsados si arrojan resultados positivos.

“Es un primer milagro que podemos dar inicio a esta carrera, pero queremos que ocurra un segundo milagro, que es que el Tour de Francia llegue a París”, dijo David Lappartient, presidente de la Unión Ciclista Internacional. “El objetivo realmente es llegar a París”.

Jean-Michel Blanquer, el ministro francés a cargo de los deportes, dijo que las probabilidades de que se cancele el Tour antes de llegar a París son “muy escasas”, pero también admitió que “todo es posible. Eso podría ocurrir por supuesto, espero que no y creo que no pasará porque los organizadores del Tour han hecho un trabajo extraordinario”.

Para garantizar que los 22 equipos que compiten en el evento con constantes viajes permanezcan libres del virus, los organizadores han implementado reglas estrictas que los mantienen alejados de los aficionados.

Además de las medidas de distanciamiento social que se implementaron, las autoridades francesas también han decidido que todo un equipo será expulsado de la carrera si dos o más de sus miembros, incluidos del personal, dan positivo al COVID-19 en un lapso de una semana, aumentando la probabilidad de que sólo una parte del pelotón llegará a los Campos Elíseos dentro de tres semanas.

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