El destacado director y trombonista puertorriqueño Jaime Morales será el director invitado en este tercer concierto de la actual temporada. En anteriores temporadas hemos tenido oportunidad de aquilatar este excelente músico, tenerlo de vuelta siempre es presagio de un buen concierto.

El concierto nos trae obras del compositor checo Antonín Dvorak (1841 – 1904) y Johannes Brahms, el segundo, mentor del primero a quien siempre brindo amistad y apoyo en la difusión de su música.

Morales inicia el concierto con el Obertura Carnaval, de Dvorák. Esta obertura es uno de los números del “tríptico” del compositor de 1892, “Naturaleza, Vida y Amor” y la única que permanece en el repertorio de las grandes orquestas. La obra sirvió tanto como una despedida musical para el director de orquesta y compositor, la estrenó en Praga, antes de dirigirse a Estados Unidos donde vivió varios años. La presento en el Carnegie Hall en su primer programa americano.

La obertura, es un carnaval en pleno apogeo, la cara alegre de la vida. Por todos lados se escucha el estruendo de los instrumentos, la gente dando rienda suelta a sus sentimientos en sus canciones y melodías de baile. Es una atmósfera feliz, animada, con un encantador interludio en cornos y flauta, respaldado por las cuerdas.

Terminado el Carnaval vamos al plato fuerte de la noche, el concierto de Violín en Re mayor de Johannes Brahms. La solista es nuestra, orgullosamente nuestra, su presencia siempre elegante, segura de sí, llena de fuerza y ternura, Aysha Syed Castro, nuestra joven violinista con impresionante carrera fuera de nuestras fronteras. Enfrentara el concierto con la seriedad y seguridad de haber estudiado a fondo la partitura, como es su costumbre y bien artillada con un majestuoso violín Stradivarius Helvética 1686 de valorado en varios millones de dólares, propiedad de la afamada casa Florian Leonard, prestado a Aysa por los logros obtenidos en su carrera, bien merecido. ¡Que orgullosos debemos estar de ella!

Cuando Brahms decide escribir un concierto para violín indudablemente su norte es Beethoven, lo dejó doblemente claro al elegir la tonalidad de Beethoven, Re mayor, y al seguir el precedente de Beethoven con un primer movimiento largo y lírico en forma de sonata clásica completa.

Su concierto para violín marcó el apogeo de su colaboración con el violinista húngaro Joseph Joaquim, a quien dedica el concierto y quien lo estrena en Leipzig, con Brahms al frente de la orquesta. Brahms originalmente planeó cuatro movimientos, pero finalmente lo redujo a los tres tradicionales. Sus grandes dificultades técnicas hacen que muchos se refieran al concierto como un concierto “contra el violín” no para violín.

El concierto brinda al solista, pese a sus grandes dificultades técnicas, la oportunidad de lucirse espléndidamente, pero también el solista se mantiene en constante dialogo con la orquesta, compartiendo con esta la importancia y brillantez de la obra. Los tres movimientos, están llenos de energía, romance, virtuosismo, ternura, lirismo para finalmente terminar en una especie de vivaz danza húngara. Preparemos nuestros oídos y corazón para recibir este concierto como se recibe el beso de un sabio amante, es realmente fascinante, puro placer.

Y la segunda parte del concierto nos trae la Sinfonía No. 8 en sol mayor de Dvorak, obra escrita en 1889 y estrenada en 1990 bajo la dirección del compositor. A pesar de los ocasionales estallidos dramáticos, el tono predominante de la Octava Sinfonía es el de la euforia bucólica, la pura alegría de estar vivo en un mundo de maravillas naturales. Dvorak tenía su propio jardín en Vysoká, un refugio, que le traía no sólo paz y un nuevo vigor mental, sino también una feliz inspiración para nuevos trabajos creativos. En comunión con la naturaleza, en la armonía de sus voces y los ritmos pulsantes de su vida, en la belleza de sus cambiantes estados de ánimo y aspectos, sus pensamientos venían más libremente. Aquí absorbió impresiones y estados de ánimo poéticos, aquí se alegró de la vida y se afligió por su inevitable decadencia, aquí se entregó a reflexiones filosóficas sobre la sustancia y el significado de la interrelación entre la Naturaleza y la vida.

Dvořák, podría decirse, reflejaba una visión del mundo, de asombro y de aflicción. Los cuatro movimientos, inician, con un coral serio y bastante sombrío, en el primer movimiento, dando paso rápidamente a un audaz solo de flauta. Sin nunca al someter el elemento dramático, Dvořák da rienda suelta al lado poético de su naturaleza a través de los movimientos subsiguientes de esta partitura, desde la melancolía del Adagio hasta el Allegretto de sabor folclórico, como un vals, y el tema vigorizante y las variaciones del apasionante final.

No falten el miércoles 14, la noche será sensacional.

Dvořák: Sinfonía nº 8 – Carlo Rizzi – Orquesta Sinfónica de Galicia

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