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Esta historia es parte del especial “Seis meses en emergencia” de Diario Libre, realizado por Mariela Mejía, Yulissa Álvarez, Inés Aizpún, Karen Veras, Hogla Enecia, Niza Campos y Pablo García.

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“Mi mayor miedo ni siquiera era que me contagiara, mi problema era que contagiara a mi familia”, confiesa. “Era como un miedo a la muerte, un miedo a cerrar los ojos. Todos los días tenía que ver (las estadísticas de) en cuánto íbamos, cuántos muertos”.

La desestabilidad de Reyes, de 36 años, ya se asomaba en marzo, cuando vacacionaba en los Estados Unidos y la pandemia llegaba a América. Al retornar a su país y decretarse un estado de emergencia general, en la empresa donde labora cesaron de trabajar. Aprovechó la coyuntura para vender mascarillas. Al estar expuesto, se distanció de su padre diabético y de su madre asmática. La soledad (vive solo), el estrés, más el pensamiento continuo de que podía infectarse y morir, impactaron severamente su salud mental y física, y pasaba 24 horas sin dormir.

La ansiedad es el problema principal que ha llevado a la población y al mismo personal de salud a pedir ayuda a especialistas en esta pandemia. Fue por esta causa que se consultó por teleasistencia al 45.5 % de 9,561 personas que solicitaron apoyo de casi 600 profesionales de la salud mental voluntarios, enlazados con el Gobierno y gremios especializados a través de la línea *462 y otras vías.

Las cifras, reportadas por el Ministerio de Salud Pública hasta el pasado 26 de agosto, ubican en segundo lugar (27.7 %) atenciones por trastornos del sueño y en tercero (18 %) cuadros de depresión.

Las conductas suicidas alcanzaron el 3.2 % de las atenciones. El siquiatra Ángel Almánzar, quien hasta el pasado 17 de agosto dirigía el Departamento de Salud Mental del Ministerio de Salud Pública, analizó las estadísticas sobre el particular y encontró que en enero-agosto de 2019 hubo 349 suicidios consumados (303 hombres y 46 mujeres). En este 2020, para el mismo período, se registraron 366 suicidios (308 hombres y 58 mujeres).

“El aumento del número de 17 casos en 2020, nos pone a reflexionar en el impacto que pudiera ir teniendo la crisis en ese incremento y nos alerta a todos: familia, sociedad, autoridades, a seguir de cerca su evolución y a ir tomando las medidas pertinentes”, dice el siquiatra.

La empresa donde trabaja Reyes retomó las labores en mayo, pero él necesitó tomar licencia médica en dos ocasiones, por 10 días cada una. La inestabilidad en su salud mental hizo que disminuyera en su rendimiento laboral y en su evaluación de desempeño. La preocupación por el presente y el mañana lo agobiaban.

Reyes estaba aprisionado por las medidas y consecuencias que ha traído consigo el prolongando estado de emergencia decretado por el Gobierno desde marzo, debido a la actual pandemia, entre estas, toque de queda, distanciamiento físico, educación virtual y suspensiones o despidos laborales.

Estas se conjugan con una sensación de incertidumbre, es decir, una falta de seguridad que genera confusión e intranquilidad. Surgen preguntas como ¿qué pasará con mi vida, la familia o el trabajo?, ¿llegará Navidad con esta situación?, ¿una vacuna pondrá fin al virus? o ¿algún día todo volverá a ser como antes?

“Es algo nuevo para todo el mundo, es algo que la gente no entiende, no conoce lo que es COVID”, observa el siquiatra Almánzar. “Hay unas ansiedades disparadas porque no hay mucho conocimiento, porque todavía estamos en un periodo de incertidumbre, porque no sabemos qué va a pasar en los próximos días y en el próximo mes”, expresó.

Esa incertidumbre, ligada a suspensión laboral o despido también, ha movido pacientes al consultorio de la sicóloga y terapeuta familiar, Sadis Valencio.

“Sentir los efectos de la incertidumbre en momentos de crisis es inevitable, por lo que la clave está en saber que no puedes tener el control de las circunstancias, pero sí la respuesta emocional que vas a tener hacia ella, lo cual es el mayor generador de malestar”, dice la especialista.

Además de pacientes con ansiedad, a su consultorio también llegan personas con cuadros de duelos complicados, siendo el segundo motivo principal de las consultas que ha atendido desde abril pasado. Por la pandemia, los funerales son casi nulos si el paciente falleció por COVID-19, si no, de igual forma se hacen acelerados y con pocas personas para evitar contagios.

La crisis por la que atravesaba Reyes le provocó cálculos renales, y la medicina que tomó para tratarse, más otros medicamentos, le provocaron el desarrollo de una bacteria en el estómago y gastritis. Fue el gastroenterólogo que terminó de convencerlo de ir al sicólogo. “El estrés lo está matando”, le sentenció.

Los padres de Reyes resultaron afectados emocionalmente por la preocupación que les generaba la situación de su hijo. Cuidaron de él cuando volvió al hogar para tratar su ansiedad, un trastorno que también se ha observado en menores de edad.

De 988 niños y adolescentes entre los 3 y 17 años, sin situaciones anteriores de salud mental, que fueron estudiados en el país entre el 27 de abril y el 27 de mayo del presente año, por investigadores de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (Pucmm), el 18 % presentó una calificación de riesgo para trastornos cognitivos, emocionales y/o conductuales.

El hallazgo de riesgo en las subescalas de atención, depresión/ansiedad y de comportamiento fue de 16 %, 13 % y 11 %, respectivamente.

“Los signos y síntomas como alteración del patrón de sueño, manifestación de aburrimiento excesivo, expresión de miedo constante, entre otros, son indicadores clave de riesgo de deterioro mental en los menores de edad. Es por esto que se exhorta a la población de padres y pediatras dominicanos a estar pendientes de los cambios mínimos que presentan los niños en el hogar”, indica un resumen preliminar de la investigación compartido con Diario Libre por la doctora Christy Capestany.

En un país donde hay estigma hacia las enfermedades mentales y deficiencias financieras, de infraestructura y de recursos humanos para tratar la salud mental, se perfila que la demanda de los servicios de profesionales de la rama seguirá en crecimiento conforme siga la pandemia.

El doctor Almánzar observa que en la República Dominicana hay poco más de 200 siquiatras (más del 80 % concentrado en Santo Domingo y Santiago) para una población que supera los 10 millones de habitantes, a diferencia de los sicólogos que son más.

Para evitar que las consultas se incrementen, si el panorama de la pandemia no cambia en el corto plazo, coincide con la sicóloga Valencio en que se deben hacer campañas de educación de la población, ayudándola a identificar los síntomas más frecuentes de malestar sicológico, y mostrándole, con herramientas prácticas, cómo estos pueden disminuir.

Almánzar aconseja conservar el distanciamiento físico y evitar el distanciamiento social, es decir, no perder el contacto con la familia y amigos cercanos, ya sea por llamadas, mensajes o videos, o una visita personal desde las afueras.

“La gente confundió el distanciamiento físico con el distanciamiento social”, observa. “Debemos tener cercanía social para disminuir la ansiedad”, dice.

Mientras, desde la academia se busca aportar. Un equipo de investigadores del Laboratorio de Emociones, Salud y Ciberpsicología de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra diseñó la aplicación Ayuda para Regulación Emocional (AYRE). Está disponible de forma gratuita en Google Play y su propósito es ayudar a los usuarios a relajarse desde casa y evitar la sobrecarga del sistema socio-sanitario, mediante elementos de realidad virtual.

Fue a mediados de junio pasado que Reyes pudo recuperarse, cuando aceptó tratar el diagnóstico de la ansiedad. Con el segundo sicólogo que visitó dejó la negación y comenzó el tratamiento, consistente en remedios naturales, una guía para cambios de higiene del sueño (por ejemplo, comer y dormir a la misma hora), no ver noticias, despojarse del celular… en fin, un aislamiento de lo negativo.

Reyes comenta que también lo ayudó la relajación de las medidas de confinamiento a mediados de año, que le permitió ver a su familia y personas de su entorno. Asimismo, su fe cristiana.

“Ya mi respiración mejoró, no me da taquicardia, el estómago se me ha controlado en un 100 por ciento”, dice aliviado. “Estoy bien, ya he sabido manejarlo, ya sé canalizarlo”.

Su última consulta con el sicólogo fue el 15 de agosto. A la fecha, Reyes no se ha infectado de COVID-19.

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