Casi en el centro de la isla La Española está enclavado el punto fronterizo de Carrizales, en Comendador, en la provincia de Elías Piña, una zona en la cual el experimento de la verja perimetral -que se extiende por unos cinco kilómetros desde el portón de paso hasta la pirámide delimitadora 178- ha dado resultados.

Eso a pesar de que su construcción provocó un incidente que enfrentó a piedras y tiros a militares de la Tercera Brigada del Ejército y civiles haitianos residentes en la zona de Bellàderes en marzo de 2019. Una revuelta que dejó muerto a un nacional haitiano a manos de un soldado dominicano y que representó el peor ejemplo de las pasiones que la pretensión del Gobierno dominicano de extender la verja genera en la zona fronteriza.

Hoy día, los primeros kilómetros de verja separan sectores residenciales de Haití de su vecino, en lugares que por décadas tenían paso libre entre un lado y el otro. Los haitianos se mueven en sus motos, carros o camiones sin mostrar interés alguno por la mole de bloques, concreto y malla ciclónica que les ha complicado lo que era una vía fácil para el contrabando o la entrada a los poblados dominicanos para buscar provisiones.

Las autoridades dominicanas aseguran que la construcción de la verja en Elías Piña es el mejor ejemplo de cómo su presencia limita las posibilidades del contrabando, incluido el trasiego ilegal humano y de drogas.

Los datos oficiales señalan que el aumento en el comercio legal en la zona ha superado el 60 % y las captaciones en Aduanas en ambos lados superan el 250 % desde que se instaló la cerca divisoria, a la cual atribuyen una reducción considerable en la actividad ilegal en el área.

“En Elías Piña se levantó una malla como parte de lo que es la gestión coordinada de frontera que existe allá, construida por Aduanas y Ministerio de Defensa. Las recaudaciones en Aduanas, escuché allá del colector que se incrementaron en un 250 por ciento cuando se construyó la gestión coordinada de frontera y la malla que existe como seguridad de esa infraestructura, puesto que todos los vehículos, toda la mercancía, tiene que ir, salir por la puerta. Pero a quien más beneficia eso es a la aduana haitiana que cobra los impuestos por lo que entra a su país desde aquí. Entonces, la aduana haitiana hablaba de un 300 por ciento de incremento en el área de Belladère”, dijo a Diario Libre el general del Ejército José Manuel Durán Ynfante, quien dirige el Cuerpo Especializado en Seguridad Fronteriza Terrestre (Cesfront).

Pero los haitianos creen que la verja no servirá de mucho, si los propios guardias dominicanos continúan con la práctica de cobrar una cuota extraoficial por el uso del paso fronterizo o delinquiendo. De hecho, en mayo de este año el encargado de la Dirección Nacional de Control de Drogas (DNCD) de Elías Piña, mayor Ramón Mercedes Cabrera, fue apresado en San Juan de la Maguana con 63 pacas de marihuana en una yipeta.

“Habrá mucha verja puesta, pero los guardias se hacen más ricos. Desde que hicieron la verja, nos cobran más, aunque se tenga los papeles. Al final siempre acabamos nosotros pagando”, expresa el ciudadano haitiano de nombre Wilkin, quien miraba desde el portón fronterizo para ver si encontraba un amigo que sería deportado desde Santo Domingo.

Durante la visita de Diario Libre al paso de Elías Piña, dos guaguas de la Dirección General de Migración (DGM) con 109 haitianos sin papeles -nueve mujeres entre ellos- llega al lugar.

Por este punto se ha deportado a una buena cantidad de los sobre 80,000 haitianos indocumentados atrapados en la República Dominicana entre enero y abril de 2021, según el Cesfront.

James Carlos Simeón es uno de ellos. Asegura que es estudiante de Maestro de Construcción en el Centro Profesional Reunido (un pequeño instituto técnico con sede en Santo Domingo Oeste) y que los policías lo detuvieron sin justificación, pero no puede mostrar otro documento que una identificación escolar con fecha del 2020-2021. “Se llevan al que sea. Yo soy estudiante, no tengo que estar aquí”, grita con desesperación desde el autobús.

En la otra guagua, un hombre joven que dice, sin mucha convicción, llamarse Gerald, cambia informalmente por la ventana del vehículo pesos dominicanos a gourdes haitianos, con un compatriota que mantiene su actividad ilegal a la cara de todos.

¿Dónde te atraparon?, le pregunta Diario Libre. “En Santo Domingo”, responde. ¿Qué vas a hacer ahora?, se le cuestiona. “Regresar mañana o pasado”, contesta. ¿Pero y los papeles, y la verja?, se le plantea. Encoge los hombros y dice en un español trabado: “Eso lo arreglo con un amigo que tiene contactos.”

El grupo es bajado de uno en uno de los autobuses y llevado al lado haitiano, donde oficiales sanitarios, de migración y policiales de Haití los reciben, tras intercambiar listas y hacer trabajo burocrático con sus contrapartes dominicanos. “Muchos de esos los vamos a ver de nuevo. Los deportamos y al otro día ya están saltando para acá”, explica el oficial a cargo del operativo, quien pide no se le identifique.

Y es que él tiene claro que la verja acaba a unos cinco kilómetros de allí, por lo que los haitianos pueden cruzar con mucha facilidad por las montañas

Diario Libre recorrió la totalidad de la verja que está levantada. Dos puestos militares dominicanos se levantan entre el inicio y el final de la cerca. Los primeros kilómetros discurren en paralelo a una carretera haitiana, para luego perderse entre escarpadas montañas, donde abundan los caminos informales.

Del lado dominicano es muy poca la actividad, pero del haitiano se ven pastores de cabras con sus burros de carga, agricultores arando con bueyes, motores a campo traviesa y caminantes que discurren entre los pequeños poblados fronterizos. Justo antes de la pirámide o mojón divisorio número 178, la verja acaba. Los haitianos siguen en lo suyo, ninguno intenta cruzar, mientras el equipo de Diario Libre se entretiene pasando una y otra vez, de un lado hacia el otro, para tener la experiencia de salir y entrar de dos países, múltiples veces, en cuestión de segundos.

Nadie vigila, nadie lo impide. Los haitianos curiosos del otro lado miran, pero pronto pierden el interés. Siguen en lo suyo, en su duro día a día, y ninguno se ve tentado a caminar unos metros y perderse en las montañas dominicanas, lo que confirma la teoría de un agente de Aduanas.

“En la frontera no hay problemas de inmigración, porque los haitianos entran y salen, vienen a comprar o a vender y se van. El problema es en Santo Domingo y las zonas urbanas grandes, donde ellos hacen más dinero”, expresa el oficial a Diario Libre sin decir su nombre.

Desde la frontera, el tema de la cerca divisoria se ve con otro crisol, como por ejemplo el del alcalde de Comendador, Julio Altagracia Núñez Pérez, que se dice aliado del presidente Luis Abinader. “Hemos visto que en otras comunidades fronterizas, el presidente ha llevado recursos para que se resuelvan las necesidades de la población y aquí en Comendador no ha llegado nada. Que nos den los recursos a la comunidad, porque se va vivir de eso, no de construir una verja. Queremos que el gobierno venga en auxilio de Comendador, en Elías Piña”, expresa.

“Esta comunidad no está bien, no por los haitianos, sino porque no hay fuentes de ingresos, no hay forma de subsistir. El señor Presidente de la República sabe que no tenemos cómo arreglar, por ejemplo, los caminos vecinales. Hay otras necesidades que el presidente Luis Abinader, que es mi amigo, me prometió que se iban a hacer”, agrega el fogoso dirigente político, en un clamor que pide a gritos que se priorice a quienes viven en la frontera y no a quienes dirigen desde la capital.

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